::: Naiowab :::

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Naiowab era el Imperio de las hadas. Enormes sauces se alzaban grandiosos sobre unos terrenos húmedos y fértiles. El sol saboreaba cada nube en sus haces de luz. Liritintán lirintán las campanillas rociaban el cielo de poderosas notas musicales, lirtitán lirititán. Unos pequeños zapatitos de duende surcaban un camino enmendado de aciertos y errores. En su atillo llevaba todo lo necesario. Sus finas piernecitas tostadas por el sol estaban recorridas por gusanillos que bailaban alrededor de una fuerte bola a la que llamaban gemelo. Nunca entendió porqué, gemelo…otra bola esperaba en la otra pierna a que la impulsaran a caminar. Una hormiguita luchaba por subir al calcetín, al llegar a la cima de su preciada montaña de lana no hubo recompensa. El pequeño duende la bajó con cuidado junto a una jugosa semillita. La hormiga agradecida se quitó el sombrero y saludó. El duendecillo continuó su camino…el ciempiés le saludó y él le preguntó:  ¿cómo eres capaz de coordinar tantos pasitos? El ciempiés trató de razonar lo y cayó al suelo, a veces al intentar explicarlo uno se confunde. Inherente, la respuesta está en ti. El duendecillo miró  al cielo, donde  el polen disfrutaba de un baile de salón, los vestidos de las damas se agitaban al viento, levitaban las faldas y se esparcían en el ambiente…las que caían al agua creaban halos de belleza a su alrededor, los peces al ver radiante espectáculo acudían a la superficie y sus escamas plateadas relucían creando una imagen de reyes en la tensa superficie. Por capilaridad brotaba el buen humor a la copa del árbol,  donde excitaba a los ajetreados pajarillos que entonaban alegres una misma melodía. Cada uno tiene su estrofa y todos  siguen su hilo. Enredado en el hilo está e l señor Arón, un viejo de ocho patas que tejía cuidadosamente su red de sabiduría con la que atrapaba a todos aquellos curiosos que osaban aprender. Allí les contaba historias y devoraba su ingenuidad. Pero entonces el bosque se silenció, unos pasitos pequeños de una princesa seguida por su ratoncito Pérez, sus reyes magos…el bosque permaneció en aquel vals insonoro, los descubrimientos han llevado a las conquistas y una colonización no tiene cabida en un lugar libre…el duendecillo se encaramó a la copa del árbol y de allí bebe el dulzón licor de plumbosos escritores. Todas las ideas vuelan en las alas de las palomas, cada escritor recogió una en la senda y cada una tiene una novela que contar, allí, en la copa del árbol, lee cada una de las historias que se agitan en el viento […]

 

 

 

 
 
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  1. es precioso,algun dia me tendras que contar de donde sacas estos cuentos,ya q tu sabes de donde saco parte de los mios.en fin un beso mu grande.sigue llenando este pequeño espacio de literatura q me encanta.muaks

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